El Tianguis Turístico de México suele entenderse como una gran vitrina comercial, de relaciones públicas y de posicionamiento. Y lo es. Pero reducirlo a esa dimensión implica perder de vista su verdadera complejidad: no estamos frente a un solo evento, sino ante una constelación de actos simultáneos que operan en distintos niveles —político, institucional, comercial y simbólico— y que exigen, cada uno, una lectura y una ejecución distinta.
Inauguraciones, aperturas de stands, reuniones de negocio, presentaciones de destino, cenas de vinculación, activaciones de marca. Todo ocurre al mismo tiempo. Todo comunica. Y en ese entramado, el protocolo y el ceremonial no son elementos decorativos: son la estructura que permite que el conjunto tenga sentido.
Sin embargo, en la práctica, suelen desplazarse a un segundo plano.
Y como en todo multiverso, hay realidades bien construidas… y otras francamente improvisadas.
Porque sí, hay estados que han entendido el juego. Que cuidan la forma porque entienden el fondo. Que alinean narrativa, operación, protocolo y ceremonial. Que no improvisan el acomodo de autoridades ni replican formatos sin sentido. Que saben cuándo hacer un acto… y, sobre todo, cuándo no hacerlo.
Uno de los errores más frecuentes aparece en el acto inaugural. El acomodo de autoridades, que podría parecer un asunto menor, es, en realidad, un ejercicio de interpretación institucional. No se trata únicamente de “quién se sienta dónde”, sino de reconocer correctamente investiduras, precedencias y representaciones.
Cuando esto falla, no siempre hay una crisis visible, pero sí hay consecuencias: jerarquías mal comunicadas, incomodidades entre actores clave, lecturas políticas innecesarias. Presidiums saturados, órdenes alterados o criterios improvisados terminan debilitando un momento que debería proyectar claridad, orden y liderazgo.
A esto se suma un aspecto particularmente sensible: el uso de los símbolos patrios.
En un evento de esta naturaleza, donde conviven lo institucional y lo comercial, es frecuente observar usos incorrectos de la Bandera de México, disposiciones inadecuadas frente a banderas estatales o incluso la inclusión del himno nacional sin un contexto que lo justifique.
Más allá del error técnico, el problema es de significado. Los símbolos no son elementos decorativos; son representaciones formales del Estado. Su uso está regulado por la Ley sobre el Escudo, la Bandera y el Himno Nacionales y, sobre todo, implica una responsabilidad institucional. Ignorar esto proyecta improvisación y debilita la narrativa que se busca construir.
Más allá de si “se ve bien” o “da formalidad”, hay un tema de fondo: no todo momento amerita ceremonial cívico. Y cuando se incorpora, debe hacerse con rigor y siguiendo la normativa vigente, es decir, o se hace y se hace bien, o no se hace y no pasa nada.
Paradójicamente, en el intento de “darle realce” a un evento, terminamos diluyendo el significado de los símbolos. Los usamos de más… y los entendemos de menos.
Frente a todo esto, suele aparecer un argumento recurrente: “lo importante aquí es vender”. Y sí, lo es. El Tianguis es, ante todo, una plataforma de negocio. Pero justamente por eso, el protocolo y el ceremonial no compiten con ese objetivo; lo potencian.
En contraste, cuando nos movemos a los espacios comerciales —como la apertura de un stand o punto de contacto— el problema suele ser el inverso. Se replica mecánicamente un formato institucional (corte de listón, discursos largos, rigidez escénica) en un entorno que exige dinamismo, narrativa y experiencia.
El resultado es una disonancia: actos que no conectan con su público, que interrumpen la operación comercial en lugar de potenciarla. Aquí, el protocolo no debería imponerse como rigidez, sino operar como una estructura flexible que ordena sin estorbar.
Y eso conecta con un problema más amplio.
En un entorno como el Tianguis, donde conviven secretarías y dependencias federales, gobiernos estatales, asociaciones, cámaras y actores privados, el reto no es solo ejecutar bien cada evento individual, sino articularlos bajo una lógica común.
Porque no basta con que un estado haga impecablemente su activación si, a unos metros, una asociación organiza un acto desarticulado que rompe la narrativa general. No se trata de competir por visibilidad, sino de construir coherencia.
Aquí es donde aparece un vacío frecuente: la falta de integración real entre actores.
Cada quien organiza “su evento”, cuida “su momento”, protege “su espacio”. Pero pocas veces se observa una coordinación estratégica que permita leer el ecosistema completo: quién está, qué representa, qué mensaje se quiere proyectar y cómo cada intervención suma —o resta— a ese objetivo. Y sí, hay que decirlo: el protagonismo mal gestionado sigue siendo uno de los grandes saboteadores silenciosos del protocolo.
Presidiums inflados, intervenciones innecesarias, tiempos extendidos sin justificación. Todo en nombre de la visibilidad. Pero la visibilidad sin estructura no posiciona: satura.
Frente a esto, conviene hacer una pausa incómoda pero necesaria.
Si el objetivo del Tianguis es vincular y posicionar destinos, entonces cada decisión —desde el acomodo de una autoridad hasta la inclusión de un símbolo patrio— debería responder a esa lógica.
El protocolo y el ceremonial, bien entendidos, no son un freno ni un lujo. Son herramientas de claridad. Ordenan, jerarquizan, facilitan la interacción y elevan la calidad de la experiencia.
Mal utilizados, en cambio, hacen exactamente lo contrario: confunden, alargan, distraen.
Por eso, la conversación no debería quedarse en la crítica. Debería avanzar hacia algo más exigente: profesionalizar, coordinar y, sobre todo, entender que en un entorno de esta complejidad, nadie comunica en solitario.
Porque al final, el Tianguis no se vive en eventos aislados, sino en la suma de todos ellos.
Felipe Reyes Barragan



Cinco errores que quizás cometemos en eventos y protocolo



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