Cinco estereotipos que persiguen a quienes nos dedicamos al protocolo y al ceremonial
Hay profesiones que vienen con uniforme puesto por la imaginación colectiva. A la nuestra, la gente ya decidió cómo vestirla: con una bandera en una mano y un plano de mesas en la otra.
Después de más de 26 años ejerciendo el protocolo y el ceremonial en México, Centroamérica, Sudamérica y África, he escuchado prácticamente de todo. Algunas ideas están tan repetidas que ya forman parte del folclor del gremio. Uno termina sonriendo antes de responder.
Aquí van cinco de las frases que más se repiten, con la realidad estratégica que casi siempre esconden.
«Ah, tú eres el de las banderas.»
Confieso que ésta hasta me cae bien. Porque sí, sabemos de banderas. Mucho más de lo que la mayoría imagina.
Pero reducir toda una profesión a eso es como pensar que un cardiocirujano únicamente sabe escuchar corazones con un estetoscopio. Las banderas son apenas la punta del iceberg: detrás hay representación institucional, precedencias, simbología, legislación y contexto político. Y, de vez en cuando, un dolor de cabeza cuando alguien decide imprimir una bandera con los colores invertidos. Ocurre más seguido de lo que debería.
«Entonces tú acomodas las sillas.»
No falta quien, al verme observando el salón antes de un acto, diga con total naturalidad: «ya vi, estás contando las sillas.» No. Las sillas ya vienen contadas.
Lo que realmente estoy revisando es si la distribución favorece el mensaje del evento, si las autoridades podrán desplazarse sin convertir el recorrido en una carrera de obstáculos y si el público alcanzará a ver lo que vino a ver. La silla, en realidad, es lo de menos. Lo importante es todo lo que esa silla comunica.
«Seguro conoces a todos los gobernadores.»
Como trabajo con instituciones, la conclusión lógica —según algunos— es que desayuno cada martes con gobernadores, embajadores y ministros. La realidad suele ser bastante menos cinematográfica.
Muchas veces una autoridad ni siquiera sabe quién estuvo detrás de la organización del acto. Y está bien que así sea: cuando un evento funciona, el protagonismo no es del equipo que lo hizo posible, es de la institución. Eso sí, este estereotipo tiene una ventaja: decepciona menos que cuando alguien te pide boletos para un concierto porque «seguro tienes contactos».
«Tu trabajo consiste en decir dónde se sienta cada quien.»
Ésta merece un aplauso, porque, curiosamente, es cierta… y al mismo tiempo no lo es. Sí, decidimos ubicaciones. Pero no porque disfrutemos mover personas como piezas de ajedrez.
Detrás de cada lugar hay mensajes, reconocimientos, equilibrios institucionales, jerarquías, acuerdos previos y sensibilidades que, si se ignoran, pueden convertir una ceremonia impecable en una crisis perfectamente evitable. Visto así, el asiento deja de ser un asiento. Se convierte en comunicación.
«Eres un obsesionado del orden.»
Tal vez éste sea el único estereotipo con algo de verdad. Porque sí, nos gusta que las cosas tengan sentido. No por manía, sino por estrategia.
El protocolo existe para reducir incertidumbre, para que las personas sepan qué hacer, cuándo hacerlo y por qué hacerlo. El orden nunca ha sido el objetivo: es simplemente la consecuencia. Y, entre nosotros, después de ver autoridades que cambian el programa cinco minutos antes de empezar, invitados que llegan cuarenta minutos tarde y maestros de ceremonia que improvisan discursos completos… cualquiera desarrollaría cierto aprecio por el orden. No es obsesión. Es supervivencia profesional.
Lo que casi nadie ve
Cada estereotipo esconde una función estratégica: la bandera es identidad institucional, la silla es mensaje, el nombre en la mesa de honor es jerarquía comunicada. El protocolo no organiza objetos: organiza el significado que un acto deja en la memoria de quienes estuvieron ahí.
Al final, estos estereotipos seguirán existiendo. Probablemente mañana alguien vuelva a preguntarme si me dedico a acomodar banderas o a mover sillas. Y seguramente volveré a responder que sí… pero sólo durante unos segundos.
Después viene la parte interesante: explicar que el protocolo y el ceremonial tienen mucho menos que ver con los objetos y mucho más con las personas, las instituciones y los mensajes que quieren dejar en la memoria de quienes estuvieron ahí.
Preguntas frecuentes sobre la profesión
No. Se aplica en el sector privado, empresarial, diplomático, educativo y social: cualquier acto que necesite orden, jerarquía y un mensaje claro se beneficia de él.
El protocolo establece las normas de precedencia y jerarquía; el ceremonial es la puesta en escena, el ritual y la secuencia con la que esas normas se ejecutan durante un acto.
Porque el sentido común no conoce la legislación aplicable, los usos diplomáticos ni las consecuencias de un error de precedencia frente a autoridades o públicos sensibles. Un especialista anticipa lo que el sentido común descubre demasiado tarde.