Cuando lo correcto también tiene matices
Hay algo curioso que ocurre cuando llevas muchos años estudiando, enseñando y asesorando en protocolo, ceremonial y etiqueta: empiezas a desarrollar una mirada muy particular sobre los eventos.
Llegas a un acto y, casi sin proponértelo, observas cómo se recibe a las personas, cómo están dispuestos los espacios, dónde están ubicadas las autoridades, cómo se construyó la mesa de honor, qué ocurre con los símbolos, quién habla primero, cómo se desarrolla la ceremonia y hasta pequeños detalles que probablemente pasarían inadvertidos para buena parte de las personas asistentes.
Es parte del oficio. Aprendes a mirar de esa manera porque, precisamente, para eso te han llamado muchas veces.
El problema aparece cuando llegas a un evento que no organizaste. Porque entonces esa mirada profesional puede convertirse en una especie de diálogo interno bastante incómodo.
«Yo no habría colocado a esa persona ahí.»
«Yo habría resuelto la precedencia de otra manera.»
«La conducción del acto podría haberse planteado distinto.»
«La recepción de las autoridades tendría que haber sido otra.»
Y quizá sí. Pero también puede ocurrir algo que, con los años, he aprendido a considerar mucho más seriamente: que la otra persona no necesariamente esté equivocada.
Tal vez tiene otro criterio. Tal vez responde a una práctica institucional que yo desconozco. Tal vez existe un antecedente que explica esa decisión. Tal vez, simplemente, interpreta de otra manera una situación que admite más de una solución.
Ahí es donde la reflexión se vuelve interesante, porque quienes nos dedicamos profesionalmente a estas disciplinas podemos caer fácilmente en una trampa: confundir nuestro criterio con el criterio correcto.
El protocolo tiene normas, principios, usos, precedencias y procedimientos. El ceremonial tiene estructuras y propósitos. La etiqueta establece convenciones que facilitan la interacción. Todo eso es cierto. Pero también es cierto que, cuando esos conocimientos llegan a la práctica, aparece algo que ningún manual puede eliminar por completo: la persona que los aplica. Ahí entra el estilo.
Todos tenemos una manera particular de resolver las cosas. Incluso cuando partimos de las mismas normas, dos profesionales pueden llegar a soluciones diferentes y ambas pueden ser perfectamente defendibles. Eso me parece particularmente importante cuando trabajamos en formación: enseñar protocolo no debería significar enseñar a reproducir exactamente nuestra manera de hacer las cosas, sino ayudar a desarrollar un criterio propio a partir de los principios.
Transgresión de un principio
- Incumple una norma o legislación aplicable
- Genera un error de precedencia con consecuencias reales
- Responde a desconocimiento, no a una decisión informada
- Puede afectar la imagen institucional o diplomática
Diferencia de estilo o criterio
- Resuelve el mismo objetivo por un camino distinto
- Responde a una práctica o costumbre institucional válida
- Es una preferencia personal, no un error técnico
- Sería defendible si tuviera que explicarse
Porque cuando estamos frente a un evento ajeno, existe una diferencia enorme entre detectar una transgresión de un principio y simplemente descubrir una decisión que nosotros habríamos tomado de otra manera. No son lo mismo. Y aprender a distinguirlas también forma parte de la madurez profesional.
A veces, incluso, esa experiencia puede despertar algo parecido al síndrome del impostor. Uno observa que aquello que enseña no se está aplicando como lo haría y comienza a preguntarse si quizá su propia visión es demasiado rígida, si está perdiendo vigencia o si, sencillamente, está equivocado. Pero quizá la respuesta no esté en ninguno de esos extremos: quizá lo que estamos viendo es simplemente una profesión que, como cualquier otra, se construye entre normas y decisiones, entre conocimientos técnicos y experiencia, entre criterios compartidos y estilos personales.
Si el evento no está bajo nuestra responsabilidad, podemos observarlo con atención, cuestionarnos las decisiones, aprender de ellas. Y si algo realmente nos parece incorrecto, podemos guardar esa reflexión para cuando llegue el momento en que alguien nos pregunte. Porque también hay profesionalismo en saber cuándo hablar.
Con el tiempo he llegado a pensar que una de las mejores maneras de saber si realmente hemos comprendido nuestra profesión es observar qué hacemos cuando no tenemos el control de una situación.
Si necesitamos corregir todo lo que no coincide con nuestro criterio, quizá no estamos defendiendo el protocolo: estamos defendiendo nuestro ego. Si, por el contrario, podemos observar, analizar y preguntarnos por qué alguien decidió hacerlo de esa manera, estamos utilizando el conocimiento para algo mucho más valioso: comprender.
Eso no significa renunciar a nuestros estándares, ni aceptar que todo da lo mismo. Hay errores objetivos, malas prácticas, desconocimiento y decisiones que pueden generar consecuencias importantes. Para eso está precisamente la experiencia profesional: para saber distinguir entre una cuestión de criterio y una cuestión de fondo.
No solamente sabemos cómo organizar un acto. También aprendemos a interpretar cuándo una decisión responde a una norma, cuándo responde a una costumbre, cuándo responde a una necesidad institucional y cuándo responde, simplemente, a una preferencia personal. Incluso aprendemos a reconocer nuestras propias preferencias. Admitirlo no disminuye nuestra autoridad profesional; al contrario, nos obliga a ser más rigurosos cuando afirmamos que algo es «lo correcto».
Tal vez por eso, cuando vuelvo a encontrarme en un evento donde algo no coincide con mi manera de hacerlo, intento hacerme esa pregunta antes de juzgarlo. La respuesta no siempre es inmediata, pero la pregunta cambia completamente la manera de mirar.
Y quizá ahí esté una parte importante de crecer profesionalmente: conservar un estándar alto sin convertirlo en una medida absoluta de todo lo que hacen los demás; defender nuestros conocimientos sin asumir que son la única interpretación posible; y reconocer que, detrás de cada decisión, puede existir una historia, una práctica, una intención o simplemente otra manera de entender el oficio.
El reto está en no confundir la experiencia con la verdad absoluta. Porque cuando dejamos de preguntarnos por qué el otro lo hace diferente y comenzamos a asumir que lo hace mal simplemente porque no lo hace como nosotros, quizá el problema ya no está en el protocolo. Está en nosotros.